La ambición y la venganza nunca han sido una buena pareja. Cuando el fin principal es el arribismo y la escala en la posición social, tener el pensamiento nublado por una idea de venganza siempre hará que el objetivo se nuble y se puedan cometer errores. Si la venganza es ese plato que ha de servirse frío, la ambición es capaz de desdibujar las metas. En este caso, tenemos al típico trepa al que se le han negado unos cuantos derechos por el comportamiento díscolo de su madre y pergeña un plan alocado que consiste en eliminar a todos aquellos que obstaculizan su lugar en la línea de sucesión hacia una fortuna incalculable. Por el camino, se cruzarán sus pasiones y sus desaires y, claro, al final se construye su propia cárcel basada en un asesinato que nunca llegó a cometer.
Con estos mimbres, el director y guionista John Patton Ford se dedica a inventarse una nueva versión de aquella obra maestra de la Ealing que se llamó Ocho sentencias de muerte, cuyo mayor atractivo residía en mostrar la maravillosa versatilidad de un actor como Alec Guinness que se atrevía a interpretar a todas las víctimas del protagonista, encarnando hasta ocho papeles distintos, con caracterizaciones totalmente diferentes y con un trabajo de dicción extraordinario, dotando a cada uno de sus personajes de una personalidad variada y variable de una entidad que se mostraba, prácticamente, por sí sola. En esta ocasión, esto no ocurre y hay un actor o actriz diferente para cada asesinado así que Patton Ford se aplica en la realización de los asesinatos, bastante alejados de sus originales, siendo algunos realmente ocurrentes. El problema está en que el protagonista es un actor tan limitado y tan carente de cinismo como Glen Powell que está a años luz de la arrogancia que mostraba un intérprete experto en las tablas como Dennis Price que, además al estar ambientada su versión en la época victoriana, contaba con la ventaja de la ridiculización de unos tiempos en los que un asesinato podía ser considerado como un signo de distinción.
Es cierto que aquí la película se beneficia de una actriz capaz de transmitir sensualidad y mala baba como Margaret Qualley, pero al conjunto se le puede reprochar la carencia de colmillos afilados, perdiendo gran parte de su carga de profundidad crítica, aunque, por supuesto, no duda en atacar con fiereza a la burguesía y al ambiente ejecutivo de las altas finanzas. Mientras en Ocho sentencias de muerte hay una permanente sonrisa repleta de cinismo, aquí persiste una cierta indiferencia que condena a la historia al aprobado muy, muy justo.
Por otro lado, también hay una diferencia que se antoja casi fundamental y es el final. Sin descubrir nada, podemos decir que la película de la Ealing contaba con un último giro brillante, acorde con la acidez del relato, mientras que aquí se cierra todo al estilo típicamente americano, sin alejarse demasiado del original, pero dejando en el aire una sensación de maldición, de destino escrito de antemano. Y la expresión “escrito de antemano” no es casual. Tiene su aquel. Sobre todo, si han visto la primera versión.
Así, pues, tengan mucho cuidado con ese joven que parece tan majo a simple vista. Detrás de cada hombre (o mujer y esto tampoco está escrito por capricho) hay un infierno de ambiciones desmedidas, de envidias escondidas, de deseos incumplidos que pueden dominar la totalidad de sus comportamientos. Lo que puede ser una jugada maestra se queda en una broma infantil si se sucumbe a la ambición desmedida o a la venganza fermentada. El resultado puede ser una cruz insalvable, rodeada de rejas, de confesiones poco acertadas o de versiones descafeinadas al cincuenta por ciento. Piensen bien los pasos a dar y no duden en abandonar lo que resulte altamente sospechoso. Por el camino que se han trazado para que alguien les considere algo, un abandono no es una derrota. Ni siquiera si deciden no ir a ver esta película.

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