UNA DUDA RAZONABLE (Recreación de un asesinato) - Berenjena Company

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9 may 2026

UNA DUDA RAZONABLE (Recreación de un asesinato)



La sombra de Doce hombres sin piedad es demasiado alargada para que no se recuerde una vez más. Esta vez, no es en Nueva York, sino en Belfast. Y no son doce hombres sino siete acompañados de cinco mujeres. El asesinato es diferente, porque se trata de la revisión de un crimen ocurrido muchos años antes y decidir si procede la extradición al ser la víctima una ciudadana francesa que pasaba sus vacaciones en la lluviosa Irlanda del Norte. Aún así, sigue siendo la jurado número ocho quien planta la idea de la duda razonable, sigue siendo el jurado número tres el que la cuestiona, aprovechando la hartura de las políticas falsamente feministas. Y, sobre todo, es el propio director, Jim Sheridan, quien lleva la voz organizativa del jurado, imponiendo su autoridad y también su innegable serenidad. No es casual.


Es evidente que ante este modelo tan nombrado y mitificado, Recreación de un asesinato pierde, por mucho que repita algunos momentos álgidos de la película de Sidney Lumet, pero Sheridan, cineasta experimentado y de calado cuando nos regaló obras punteras como Mi pie izquierdo, En el nombre del padre o The boxer, es capaz de sacar un par de escenas llenas de inquietud. Una de ellas a base de sombras, luces fugaces, unas botas con cordón y el rostro de Vicky Krieps, la número ocho. Ahí es donde Sheridan parece empeñado en demostrar que aún hay algo en él del cineasta que fue y que también consigue algún otro pasaje que puede quedarse en la memoria. No obstante, el conjunto flojea porque el director opta por renunciar al tiempo real e incluye elipsis que desdibujan un tanto la tensión de esa habitación donde doce personas deciden la culpabilidad o la inocencia de un jurado. Los personajes principales están bien trazados, descubriéndose debilidades personales que hacen que su voto no sea totalmente imparcial, pero hay otros que los descuida inexplicablemente, como la mujer mayor, que, más allá de un puñado de miradas, apenas es poseedora de una línea de diálogo.


Todo ello se sustenta en una historia que fue verdadera, es decir, el asesinato existió, pero nunca se reunió una corte para decidir la extradición de aquel consideraron culpable. Quizá eso beneficie a la película, porque, en algún momento aislado, se llega a sentir el terror de un crimen que fue, recreado por un cineasta que también fue, en una película que, a su vez, recrea a otra que fue mucho. 


Así que no se precipiten en su veredicto. No es una película de acción, sino de diálogo. Es una historia para degustar y para ser conscientes de que también hay investigaciones que pueden llegar a la categoría de chapuza con tal de evitar un posible escándalo internacional. Por instantes, puede que se pierdan un poco con el baile de unos nombres sin cara, pero nunca se le pone rostro al asesinato. Y menos aún a la sensación de terror cuando la sangre está a punto de brotar y de salir en busca de un culpable. Los diálogos llegan a ser muy hirientes, las reacciones, desmedidas, las opiniones, desechables, los votos, cambiantes, pero aún así, es difícil clarificar la mirada para decidir una condena. No, no tiene ese exuberante repertorio de planos que están dentro de Doce hombres sin piedad, ni esa tensión de ambiente sobrecargado y ánimo a punto de rasgarse, pero alguna lección de buen cine sí que da porque la delgada línea que separa la culpabilidad sin concesiones a la duda razonable es muy delgada. Alguien dijo una vez que si los jurados se fijaran en las dudas razonables que plantea cualquier caso, no habría ni una sola condena. Tal vez, se trata de poner todas las pruebas en una balanza y comprobar qué lado pesa más. No es fácil tomar decisiones sobre la vida de los demás. No es fácil salir de una tragedia personal como le ocurrió a Jim Sheridan y salir diez años después tratando de hacer un homenaje tan sentido a una película como Doce hombres sin piedad. Posiblemente, no quisiera ganar. Sólo seguir estando.


César Bardés

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