Es difícil llegar a diferenciar entre el mediocre y el triunfador. Es posible que un triunfador, en realidad, sea un auténtico mediocre, pero no resulta fácil encontrar que un mediocre sea todo un triunfador. Aquí, se habla de un tal Marty Mauser, que intentó siempre dar la imagen de triunfador y, en realidad, era bastante mediocre en todo lo que hacía y en todo lo que sentía. Entre otras cosas, porque usaba el arma de la mentira para parapetarse detrás de esa nada que él representaba y de la que quería salir a toda costa, aunque no sabía muy bien cómo.
Toda esta enrevesada reflexión lleva a creer que esta historia, de haberse rodado hace cincuenta años, la podría haber dirigido un monstruo sagrado como John Huston, experto en fracasados y perdedores porque, a pesar del único triunfo que se describe en la película, Marty Mauser fue un fracasado legendario. Detrás de un cierto encanto, se escondía un alma cobarde, cicatera, que te daba tanto en un minuto como te lo quitaba en el siguiente, que no le importaba descender a los infiernos si con eso conseguía ascender, supuestamente, un peldaño más en su particular guerra personal. Todo ello conllevaba un buen engrase en su repertorio de mentiras, de fingimientos llevados hasta el último extremo, de engaños, de juegos de buscavidas, de intentar sobrevivir al día siguiente aunque su meta era llegar a los mundiales de ping-pong.
Y el caso es que resulta extraordinariamente triste la vida de este hombre, porque siempre está asido con una mano al embuste como único agarradero dentro de un mundo que le desprecia, le rechaza y le ahoga. Sus objetivos son pequeños y sus bandazos por la vida son errores que casi llegan a la monumentalidad. Y lo peor de todo es que no se arrepiente absolutamente de nada, no desea ser querido por nadie, no quiere ninguna mirada de atención más que para servir a sus propios objetivos de ser campeón de ping-pong. Y todo lo que consigue es un set de un partido no oficial.
Timothée Chalamet ofrece todo un repertorio de sensaciones dentro de una película que llega a ser bastante cansina. Hay pasajes realmente largos en los que todo es palabrería dicha muy aprisa, con frases muy repetidas, acciones atropelladas, pim, pam, pum y fuego y todo es para trasladar la idea de que su personaje es un desastre en todos los aspectos, que es un tipo del que no te fiarías ni para ir con él de aquí a la esquina y que, en el fondo, te da lo mismo que sea campeón de ping-pong o de la taba. El fulano es bastante despreciable porque se cree un manipulador de primera y no es más que un pobre hombre tratando de encontrar un éxito en la vida.
En todo caso, la dirección de Joshua Safdie sería aceptable si no tuviera la brillante idea de obsequiarnos con temas sobradamente conocidos de una época que no corresponde a la película, porque la modernidad es algo a lo que los nuevos cineastas no pueden renunciar. Eso hace que la cinta esté punteada con momentos realmente pesados, con uno o dos aciertos en la música de coro como acompañamiento perfecto a los abismos que se abren a los pies del protagonista. Gwyneth Paltrow, por su parte, compone un papel dramático perfectamente creíble y la sensación, al final de la proyección, es que lo que has visto no tiene demasiado interés, porque el personaje principal, omnipresente en todo momento, es un individuo con menos profundidad que una bañera y con más mentiras en el saco que tiene por cerebro que respiraciones hace al cabo del día. Y pare usted de contar. No hay nada más en la historia.
Cuando mientan, traten de ser creíbles y más aún si consiguen encajar la mentira en un rompecabezas rodeado de piezas verdaderas. Eso hará que la apariencia de honestidad pueda mantenerse incluso en los momentos más complicados. Si no, lo que conseguirán, no es más que una huida hacia adelante que sólo tendrá fin cuando se den perfecta cuenta de sus responsabilidades y algunas de ellas tardan bastante en venir. La mía, en este momento, es terminar el artículo dedicado a una película que no merece más que cinco o seis líneas de escritura.

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