EL CORAZÓN ABIERTO (Hamnet) - Berenjena Company

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25 ene 2026

EL CORAZÓN ABIERTO (Hamnet)



Los dioses me envían con la misión de convertirme en el mensajero con alas en los pies para trasladar las sensaciones que se despiertan cuando se abre el corazón tras el terrible martilleo de la desgracia. El dolor es el arma más poderosa del destino y, con él, trata de abrir paso a sus designios como las letras inexorables de la genialidad como instrumento de la catarsis. A vista de halcón, puede que nos hallemos ante una de esas parábolas inciertas que sólo nos traen el consuelo del melodrama, pero si descendemos entre los mortales extasiados por la muestra más fecunda del ingenio entonces caeremos en la cuenta que esa pena tan profunda e indescriptible busca su propio desahogo dependiendo de cómo queramos exorcizarla cada uno de nosotros.


Así que retrocedamos atrás, muy atrás. El camino desandado debe llegar tan lejos que deberemos adentrarnos en los territorios ignotos de la ficción y, en consecuencia, de la fantasía. Para darle un aire de sinceridad, agarraremos por el cuello, como patos nadando en un estanque, a los personajes que un día sí existieron y los haremos y menearemos como si fueran presas de nuestra imaginación hasta que se amolden perfectamente a la emoción que queremos narrar. Introduzcamos esa delicada línea que separa la vida de la muerte con el acompañamiento indispensable del amor y, con un diminuto acento en la brujería, tendremos un retrato bastante aproximado del escape entre líneas, poniendo duelos a espada, traiciones, dudas e incestos para asegurar la atención y subyaciendo, como cuerpos removidos por la infamia, ese sentimiento tan herido, esa certeza de que la vida no ha sido gentil y de que la muerte, por fuerza, ha de venir revestida de rabia y rebeldía.


Sobre el escenario, sueños que mueren en cuanto se representan. Sobre la vida, amores que parten en cuanto mueren. Y si la muerte es representación y, a la vez, final, entonces no nos queda más que tener la seguridad de que el resto es silencio y de que la existencia se reduce a un ser o no ser, o, mejor aún, al desafío permanente de fantasmas que vienen a preguntar a nuestra conciencia si realmente ese es el destino que les correspondía o si es necesario tomarse la revancha con la vida. El resultado es brillante y absorbente, con histriones de altura, aunque el cielo sabe que es para referirnos a la parte más femenina de la farsa que nunca fue verdad, aunque, con el corazón abierto, no podamos evitar en llamar con urgencia a las lágrimas para que el nudo en la garganta pueda desasirse del momento. Puede que la responsable de todo, de letras impronunciables, no esté acertada en su totalidad, pero es que nuestro ánimo sabe que es difícil escaparse del sollozo cuando el más arrebatador de los consuelos se torna mitad arte, mitad caricia como una luna en cuarto menguante.


Al final, como no podía ser menos, el respetable rompe el silencio con aplausos, que resuenan en el interior del alma con tanta intensidad que cuesta coger el impulso para abandonar el asiento, se desea permanecer unos minutos en el consolador silencio para no destrozar la reciente visión y, con los sentidos en retirada, la reflexión se abre paso con dificultad entre el gentío que busca aire y el pensamiento que procura inteligencia. Todo para asistir a una experiencia que, sin caer en la vacilación, requiere instantes de paciencia para que la historia articule todos sus mecanismos y nos envuelva, igual que ese teatro circular que pasa por ser corral de comedias y recipiente de sensaciones que son tan complicadas de describir como difíciles de alcanzar.


Lo sé. Sé que estas líneas pueden parecer arrogantes o, quizá, recargadas de una retórica vacía e inane. Sé que no hago honor a nadie tratando de parecerme a un bardo que estremeció con sus historias y levantó admiración allí donde sus palabras se hacían inmortales…pero estoy seguro que vuesas mercedes sabrán disculpar el intento al igual que una mujer supo ver cuánto se podía sufrir a través de una representación en unas tablas de verdadero talento.


César Bardés

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