Casi no tenemos tiempo de ambientarnos dentro de esta historia de brujas y hechizos. El niño que narra nos pone en situación y, directamente, pasamos al hecho central. Diecisiete niños han desaparecido. Son todos de la misma clase. Y sólo uno asiste al colegio al día siguiente. Todas las sospechas, como no puede ser menos en cualquier civilización supuestamente avanzada, se dirigen hacia la profesora. Una docente nueva, algo extraña, pero competente a primera vista. Y entonces comienza a construirse un mosaico que va desgranando los hechos, personaje a personaje.
Esa es la gran virtud de esta película. Su estructura a través de los diferentes personajes que terminan su punto de vista cuando ocurre un hecho que se nos explica en el siguiente cuadro referido a otro personaje. Brillante. Sin embargo, hay diversos defectos que afectan a esta película, supuestamente de terror. El primero de ellos es que, como buen relato de terror del cine de los últimos veinte años, no respeta demasiado sus propias reglas en la resolución. Al fin y al cabo, esto no es más que un cuento de brujas y de un pueblecito, aparentemente paradisíaco, que ve turbada su paz porque unos niños desaparecen y comienzan a esparcirse comportamientos inexplicables entre varios miembros. Todo se supone que desaparece al final, cuando el peligro ha pasado, pero no, parece que lo que conviene sí que se esfuma y lo que no, pues ahí se queda, camaradas. Por otro lado, otro acierto es que, en ese testimonio no declarado de cada uno de los personajes que explican la historia, subyace una crítica a algunos comportamientos ocultos de respetables ciudadanos que, sin llegar a ser terribles, sí que son, al menos, reprochables. Eso hace que la película entre en un raro equilibrio de picoteo en la curiosidad del espectador y en la innecesaria truculencia de algunas de sus escenas.
Y es que la intención no es mala. Todo tiene un cierto atractivo que remite a El pueblo de los malditos, de Wolf Rilla, versionada años más tarde por John Carpenter, y la construcción del relato es ciertamente notable. Algún comportamiento que cambia por las buenas, sin hechizo de por medio, hace que tampoco sea convincente en algunos de sus pasajes, pero es evidente que la historia es original, está bien llevada, aunque haya algunos aspectos de crítico tiquismiquis que no consigan convencer al menos avispado de la clase.
En el momento de entrar en las sombras, tenemos que preguntarnos si eso es lo que realmente queremos. Es posible que eso conlleve la posibilidad de que no sintamos, ni padezcamos, y algunos pagarán el precio con gusto. Vender el alma al Diablo (en este caso, a la bruja) acaba por ser un precio asequible si con eso se elimina toda sensación, pero el dolor no se queda en el objeto de la brujería, sino en los que aún quedan con razón. Además de eso, todo se supone que se hace para aliviar una enfermedad y eso no se trasluce en ningún momento. Ni el cómo, ni el por qué. Sólo el qué. Y es curioso comprobar cómo la exigencia del espectador medio, que se preocupa, a veces, con exceso, de que las cosas estén cerradas y bien cerradas, pasa por alto estas trampas narrativas porque, de alguna manera, la película no tiene muchos sustos, pero sí que deja al alma agitada. Todos podemos ser asesinos en nuestra indolencia. En estos tiempos eso es algo que deberíamos tener muy aprendido.
Amy Madigan hace con los ojos cerrados lo que quiere con el papel de la bruja en cuestión, que también es tía del niño que no desaparece. A Josh Brolin no se le ve cómodo como ese padre angustiado, incapaz de concentrarse en el trabajo porque el hecho de la desaparición de su hijo secuestra todo su razonamiento. Sí, hay imágenes buenas, chocantes y hermanadas con la inquietud, y, desde luego, la película mantiene un fútil interés durante todo el metraje porque quieres saber qué es lo que pasa y luego llegas a una solución escueta y bastante poco convincente, aunque, digamos, el morbo tapa cualquier otro defecto. Bien, ahora que ya han leído este artículo sin gracia, déjenme hacer un pequeño conjuro con un mechón de su pelo…

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