Cuando un cineasta cae en la autocomplacencia puede llegar a pensar que todo lo que hace es de una brillantez difícilmente igualable. Alejandro González Iñárritu ha hecho buenas películas, con estructuras narrativas osadas, con ambición y excelentes resultados. No es el caso. Primero porque todo lo que destila esta película es de una ingenuidad ya pensada. Segundo porque no es entretenido. No es más que un buen puñado de viñetas regadas con la excusa del ensayo técnico de una obra de teatro con diálogos pretendidamente mordaces y que son más simples que el mecanismo de termómetro. Tercero porque es una historia larga que tiene más Tom Cruise del que se puede digerir.
Todo gira en torno a un millonario tan rico que llega a la obscenidad y que tiene tan poca humanidad en su interior que no duda en hacer negocio a pesar de que le advierten de que puede desencadenar una catástrofe de dimensiones desconocidas en todo el planeta. Por supuesto, él prefiere seguir engordando la caja y, claro, ocurre lo inevitable. No obstante, Iñárritu no se detiene ahí y extiende la culpa a todos bajo la máscara de que hemos servido a todos sus intereses, uno por uno, mientras el mundo entero protestaba en contra de ellos. A nadie se le hubiera ocurrido. Por el camino, tenemos a Tom Cruise más sobreactuado que el exceso de maquillaje que lleva encima y se supone que el director, por aquello de ofrecer algo medianamente bueno, nos coloca una imagen aquí y otra allí que impactan con fuerza en la mente del siempre desprevenido espectador.
Al lado de Cruise está John Goodman, al que obviamente también se le ha dado rienda suelta para que sea muy gracioso todo. Sí, porque se supone que el asunto es una comedia apocalíptica con ejercicio de metateatro incluido. Por ahí anda otro desatado Michael Stuhlbarg y la chica alemana de moda, Sandra Hüller, que sale poco y, quizá, es la que más está en su sitio junto con Riz Ahmed, un excelente actor del que Iñárritu prescinde por las buenas a mitad de metraje. El resultado es una película llena de tontos fósiles, con mucha idea estereotipada, más obvia que la mano de Maradona, que reparte culpas que luego son aplaudidas, con una verborrea inacabable del personaje principal que acaba por ser cargante y bastante grotesco. De acuerdo, Iñárritu quiere que sea así, pero él es capaz de ser mucho, mucho más sutil; mucho, mucho más elegante; y mucho, mucho más cineasta.
Entonces lo que tenemos que hacer es mirar bien alrededor y fijarnos en las personas que están manejando los hilos de este valle de lágrimas y no consumir ninguno de sus posibles activos, sea cual sea porque si no, ya saben, sólo somos cómplices de la desaparición de nuestro querido planeta. Yo no lo había pensado nunca, la verdad. Iñárritu me ha descubierto la luz eléctrica en forma de película. Y encima me pone un personaje al frente que es como el guiñol listo que usa la palmeta para deshacerse de todo lo que le estorba. Con imágenes tan evidentes como las máscaras de su propio rostro colgando de las paredes de su mansión. Ah, pero no, que nada de esto es verdad, sólo son actores que están haciendo una obra sobre la distopía que están viviendo dentro de una supuesta obra que ya fue un éxito hace muchos años y, eso sí, se encarga de subrayar que esos mismos actores están a sueldo de los mismos tipos que se lo han cargado todo. El teatro dentro del teatro es puro teatro y además es demasiado teatral sin parecerlo. Algo cansino. Pretende ser salvaje y sólo es bizarro.
El fin del mundo se acerca. Nos golpean una y otra vez con las mismas ideas para convencernos de que son verdad y acabaremos alabando al Trump de turno para que la supervivencia sea sólo el acto desesperado de unos cuantos amantes del teatro de las cosas auténticas. No me hagan ni caso. En realidad, yo estoy dentro del papel, sufriendo el impacto de estas letras que no significan nada por mucho que yo les diga que es una película de la que, me juego lo que ustedes quieran, no recordarán ni una frase diez minutos después de ver la película.

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