GONZALO SUÁREZ: MI NOMBRE ES CINE - Berenjena Company

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2 oct 2026

GONZALO SUÁREZ: MI NOMBRE ES CINE



 “¿Escritor que hace cine? ¿Cineasta que regresa a la Literatura? De cuando en cuando, hay mariposas que se niegan a dejarse clavar en el cartón de las bibliografías y los catálogos. De cuando en cuando, también, hay lectores o espectadores que siguen prefiriendo las mariposas vivas a las que duermen su triste sueño en las cajas de cristal”.

Julio Cortázar hablando sobre Gonzalo Suárez y su obra cinematográfica.


Gonzalo Suárez es el único cineasta de la Escuela de Barcelona que no era catalán. Este asturiano de Oviedo se trasladó a Madrid para estudiar Filología Francesa aunque no llegó a terminar sus estudios. Sin embargo, su estancia en la universidad la aprovechó para comenzar una carrera como actor en el Teatro Español Universitario (TEU), se escapa a París donde se apasiona por la pintura y regresa para pasar a la radio como periodista deportivo y descubrirse como escritor en plenos años sesenta. Algunos de sus relatos son adaptados al cine y el tránsito a la nueva disciplina fue su siguiente paso. Escribe en colaboración con Vicente Aranda el guion de Fata Morgana que también está basada en un relato suyo. Dirige el cortometraje El horrible ser nunca visto y Antxón Eceiza realiza De cuerpo presente, basada en una novela de Gonzalo Suárez. Se pasa nuevamente al corto con Ditirambo vela por nosotros y se anima a rodar la misma historia en largo con Ditirambo, con él mismo en el papel estelar y al lado de Yelena Samarina, Charo López y José María Prada. Aquí, Suárez pone en juego a un periodista que destaca por su impasibilidad, pero que es incapaz de renunciar a su honradez. El tono de Suárez en esta película es de novela negra (no, no me he equivocado) con detalles de suspense, humor y costumbrismo, enriqueciendo la historia por los cuatro costados. Un ejemplo de la inteligencia que siempre ha caracterizado a Gonzalo Suárez tras las cámaras, considerando al espectador, también, como alguien inteligente, capaz de sacar sus propias conclusiones ante lo que le están contando.


Vicente Aranda vuelve a adaptar un relato suyo, Bailando para Parker, para realizar Las crueles y él se pone detrás de las cámaras para dirigir El extraño caso del Doctor Fausto, una nueva revisión del mito con él mismo en el papel de Mefistófeles y Alberto Puig en el de Fausto. Suárez aquí dejó bien clara su marginalidad con respecto al cine más comercial y realiza un interesante estudio sobre la locura con una libertad poética y formal que deja una cierta estela de asombro. Su rebeldía ante todas las normas le colocan como un creador diferente, que ama el cine por encima de todo sin abandonar a la literatura y que trata de hacer un cine sólido, moderno, vital y vigoroso. La película fue presentada en el Festival de Berlín, pero regresó con las manos vacías.


Deseoso de romper fronteras, se embarca en Aoom, basada también en un relato suyo, con Lex Barker y Teresa Gimpera como protagonistas. La historia de un actor que, ya de vuelta de todo, desarrolla una capacidad mental para desligarse de su propio cuerpo es el marco ideal para que Suárez desarrolle toda una ingeniosa trama salpicada de humor, amor, tragedia y aventura en la que la cámara se antoja un pincel y las imágenes son cuadros de la fantasía. No tuvo ningún éxito aunque se presentó en el Festival de San Sebastián donde no consiguió ningún premio. No obstante, durante la presentación de la película en el festival, conoció a Sam Peckinpah, una amistad que le acompañó hasta la muerte del cineasta norteamericano.


Se adentra en el mundo de la obsesión con Morbo, con un guion escrito junto a Juan Cueto y con Ana Belén y Víctor Manuel en los papeles principales. La historia de una pareja de recién casados que pasa una luna de miel de bajo presupuesto en una caravana en medio del bosque se torna en un cuento de terror a través de los ojos de la esposa, obsesionada con que alguien les observa desde una casa cercana. Detrás de ese argumento, subyace una crítica social realizada con cierta puntería hacia la pseudoprogresía que se abría paso en los estertores del franquismo, deseosa de sustituir a la burguesía sin intenciones de cambiar absolutamente nada, asumiendo sus defectos y ahogando su pretendida intelectualidad. Hoy es una película que puede quedar terriblemente desfasada pues el tiempo, bien lo saben algunos grandes cineastas, es el peor de los enemigos, pero no deja de ser una curiosidad inclasificable que llegó a ser elogiada por el mismísimo Howard Hawks.


Repite con la misma pareja protagonista con Al diablo, con amor, un guion coescrito con Antonio Drove y Carlos Suárez que trata sobre una lejana isla donde unos cuantos marineros confinados por el mal tiempo se emborrachan en una taberna mientras llega una pareja que no ve el momento de salir de allí. Ligeramente entregado al cine más comercial en esta ocasión, Suárez ve una oportunidad para la extravagancia y el alocamiento más desatado haciendo un cine en total libertad a pesar de las imposiciones del mercado y del momento. Y valiente por cuanto hay en esta película por romper con algunos clichés, resulta una de las más flojas de la filmografía de este gran director.


De nuevo en colaboración con Juan Cueto  con Carmen Sevilla y Donald Pleasance de protagonistas, rueda La loba y la paloma, famosa por contener uno de los primeros desnudos del cine español. Tampoco resulta ser una de las películas más afortunadas de Gonzalo Suárez como director en una historia sobre una muchacha traumatizada por haber presenciado la muerte de su padre y que sale del manicomio sin poder decir ni una palabra, pero que conoce el paradero de una antigua estatua de oro que se disputan unos cuantos personajes sin escrúpulos. Demasiado obvia en algunos pasajes y con una cierta propensión a la reiteración, no es una buena película. Después tiene que hacer frente a un encargo que podría haberle dado un timbre de prestigio aún mayor como fue la adaptación de la novela de Leopoldo Alas “Clarín” La regenta, con guion de Juan Antonio Porto, con Emma Penella y Nigel Davenport al frente del reparto. Las modificaciones imprescindibles impuestas por la censura y la inadecuada elección de la protagonista (en realidad un proyecto de su marido, Emiliano Piedra que impuso a Emma Penella para interpretar a la protagonista Ana Ozores) lastran una película acartonada aunque ronda el espíritu del propio Leopoldo Alas.


Después de la realización de La regenta, Peckinpah convenció a Suárez para trasladarse a Estados Unidos y escribir conjuntamente un guion basado en su novela Operación Doble Dos, la historia de una supuesta conspiración para asesinar a Franco y a Eisenhower en el mítico viaje que el presidente norteamericano realizó a España a mediados de los cincuenta. El proyecto no llegó a realizarse, pero la categoría de Gonzalo Suárez fue admirada, a través de su amistad con Peckinpah, por intelectuales y cineastas de una buena parte del mundo.


Muerto el dictador, Suárez entró en su fase de mayor creatividad con películas de una factura técnica impecable, trabajadas desde la agudeza y con un sentido visual extraordinario. No sería ninguna tontería afirmar que ha sido uno de los cineastas españoles con el sentido visual más refinado. No cabe duda de que las mejores y más depuradas películas las realiza en democracia. Baste citar Epílogo, con una fantástica actuación de los tres protagonistas, José Sacristán, Francisco Rabal y Charo López; Remando al viento, con Hugh Grant, Lizzy McInnery y José Luis Gómez, con un maravilloso y casi onírico regreso a Lord Byron, Mary Shelley y Polidori: o Don Juan en los infiernos, oscura y cuidada revisión del mito de Don Juan que, en esta ocasión, asumió la carne y la piel de Fernando Guillén. 


Nunca le gustó que se le encuadrase en ninguna corriente o movimiento aunque, por lo general, se le recuerde por ser uno de los nombres más destacados de la Escuela de Barcelona. Sin embargo, sea como fuere, a Gonzalo Suárez hay que reconocerle una constante búsqueda de la libertad creativa plena de originalidad y de sentido del humor tratando de conquistar un sentido formal y argumental en su modo de hacer cine. Su nombre, en realidad, era cine. 


César Bardés

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