Es muy distinto acudir a la violencia para esconder el miedo a la vida que invocarla para hacerle frente. Cuando la desgracia llama con fuerza y no hay ayuda, sólo queda dejar salir a la ira y volver a los lugares que ya se conocieron un día, en otra existencia, cuando el fútbol era la excusa y la sangre corría porque no se llega a la capacidad para dominar los impulsos. Mientras tanto, ese submundo de drogas, de traiciones, de situaciones impensables que siempre se mueven en el filo de lo soportable se hace más y más presente y llega el momento en el que hay que despertar al león, mal que le pese a cualquier razón.
El director Antonio Pintó, después de la notable Tierra de nadie, vuelve a hacernos pensar sobre aquellas amistades que fueron importantes un día y que son sólo recordatorios de algo que nunca debería ocurrir de nuevo. Para ello, pone en juego a tres actores de probada valía como Luis Zahera, siempre acertado en sus composiciones extremas, Roberto Álamo, como un policía al que jamás se le ve trabajar y Jesús Callejo como el típico heroinómano que sólo piensa en el próximo pico. Los dos primeros saldan con notable su trabajo. El tercero demuestra que es mucho más experto cuando domina al gran actor que hay dentro de él que en esta ocasión. Alrededor de ellos, una fauna salvaje de personajes que sólo muestran que la vida es perder, que, a veces, esa derrota continua es abrumadora y que parece que asistimos a una versión cañí de El precio del poder, con toques de Infiltrados y de un deseo irrefrenable de parecerse a Martin Scorsese sin tanta estilización.
Todo esto no estaría mal si no fuera porque en la trama hay flecos que no terminan de explicarse del todo bien y que, hacia el final, Pintó introduce un giro de guion solamente para que el personaje de Luis Zahera tenga una justificación simpática para acabar con el causante de sus desgracias. Lamentablemente, ese supuesto giro, no es demasiado creíble si nos atenemos a lo que hemos visto con anterioridad. Como tampoco es de recibo ese deseo del protagonista de acudir a la redención después de todo lo que ha hecho para calmar su sed de venganza. Quizá con más trabajo de guion y menos lugares comunes, el conjunto saldría beneficiado, pero ya se sabe, es mejor quedarse con Jordi Mollá en su composición de malvado entregado a Dios, con Inma Cuesta con su inacabable dolor y con tres o cuatro reacciones que no acabas de entender, porque hay que explicar algo más y mostrar un poquito menos.
Desde luego, el viaje de pena e ira podría llegar a ser apasionante. Por mucho que se quiera proporcionar excusas para despertar a esos leones que desahogaron su rabia desde el fondo sur del Santiago Bernabéu. Es la demostración preclara de que algo que podría dar que pensar se transforma en retazos de planicie sin demasiado recorrido. Aún así, Pintó consigue dos o tres escenas brillantes que disfrazan la impresión final, pero que no llegan a herir el pensamiento. Ya se sabe. La noche de Madrid, con mucha presencia de aquellos bajos que un día estuvieron repletos de locales de ocio y que ahora no son más que basureros humanos mientras que los de siempre campan a sus anchas por el lado más oscuro de la complicidad.
La vida es perder, desde luego. Y nadie puede controlar esa sensación de derrota. Tan sólo es posible graduar la magnitud de la pérdida y, a menudo, es imposible porque el corazón tiene razones que la razón no entiende. Los muertos se suceden. Y, cuando no queda nada, sólo está uno mismo. Y permanece esa sensación que eso tampoco es suficiente. Sólo es el espejismo de los hombres y mujeres que podríamos haber sido y que el destino se ha encargado de atropellar a toda velocidad. Para ello, hay que buscar, sea como sea y a cualquier precio, la serenidad necesaria para seguir adelante. Aunque eso nos cueste leer un artículo tan prescindible como éste. Hay que mirar hacia adelante y dejar que los demonios sigan durmiendo. Despertarlos no lleva a ningún sitio salvo al infierno.

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