MARK RYDELL: PERMISO PARA RODAR EN LA ETERNIDAD - Berenjena Company

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3 sept 2026

MARK RYDELL: PERMISO PARA RODAR EN LA ETERNIDAD



Echando un vistazo rápido a la filmografía de Mark Rydell, uno se puede dar cuenta de que era un director instalado en la serenidad. Graduado en Música por Julliard y en interpretación por la Escuela de Nueva York, Rydell sabía desde el principio que quería dedicarse al arte. Lo intentó con un cuarteto de jazz e, incluso, opositó para el puesto de director sinfónico en alguna pequeña orquesta de allí y de allá. Por formación y época, se le podría encuadrar en lo que se denominó como Segunda generación de la televisión al lado de nombres tan ilustres como Stuart Rosenberg, Alan Pakula o Sidney Pollack, porque allí dirigió sus primeros pasos hasta que quiso dar su salto al cine. Primero, alquiló sus servicios como actor y, más tarde, dio el paso definitivo para situarse tras las cámaras.


Su primer trabajo para el cine fue, precisamente, como actor juvenil. Se paseó al lado de John Cassavettes, James Whitmore o Sal Mineo para Crimen en las calles, de Don Siegel, una indagación sobre la delincuencia juvenil de finales de los años cincuenta. Ni mucho menos era el protagonista, pero sí que se puede apreciar que era uno de esos actores de fondo de escenario que proporcionan textura a una película. La interpretación de la que siempre se sintió más orgulloso fue la del mafioso Marty Agostino para Un largo adiós, de Robert Altman, poniéndole las cosas difíciles al Philip Marlowe interpretado por Elliott Gould. Ese mafioso que parecía amable y que escondía una crueldad sin piedad ninguna, capaz de destrozar el rostro de una chica preciosa sólo para demostrar lo que era capaz de hacer, se queda ahí, presente en la retina y dando vueltas al cerebro. Le gustó tanto ese papel que, cuando tuvo que interpretar un pequeño papel en su propia película, Permiso para amar hasta medianoche, lo hizo con el nombre artístico de Marty Agostino.


Habría que destacar un par de papeles más en su faceta interpretativa. Uno fue el del gángster Meyer Lansky de Habana, de Sidney Pollack, versión caribeña de Casablanca, con Robert Redford y Lena Olin en los principales papeles. El otro fue en la piel del sufrido agente Al de ese director ciego al que interpreta magistralmente Woody Allen en Un final made in Hollywood, un papel en las antípodas de sus mafiosos y que se acercaba mucho más a cómo era él realmente.


En el campo de la dirección, Rydell debuta tarde, casi con cuarenta años, en una historia de lesbianismo y trabajo titulada La zorra, con Sandy Dennis, Anne Heywood y Keir Dullea como elemento disruptivo. La película no tuvo un gran impacto comercial, pero sí que ya se le ven maneras a Rydell, manejando un tema difícil en una época turbulenta como finales de los sesenta. 


La buena acogida de la crítica le ofrece la oportunidad de trabajar al lado de Steve McQueen en la adaptación de William Faulkner de Los rateros, desenfadada y, al mismo tiempo, algo melancólica puesta en escena de una road movie atípica, con unos héores desencantados y sin rumbo que roban el coche de su jefe para un largo viaje que se convierte en toda una iniciación. 


Existe una reciente reivindicación de un western como Los cowboys, que Rydell rodó con John Wayne en un papel casi anecdótico porque su personaje desaparece a las primeras de cambio. Ese cuento de unos niños que deben madurar con rapidez para llevar un numeroso transporte de ganado ellos solos destaca por su falta de verosimilitud y por alguna espantosa interpretación que otra, pero lo que verdaderamente destaca es la extraordinaria banda sonora de John Williams que hace que todo suba un grado en calidad y en importancia. 


La siguiente película de Rydell ya empieza a descubrir al director sensible, que comienza a tocar fibras delicadas de la emoción en una historia de amor con caducidad como es Permiso para amar hasta medianoche, con dos fantásticos protagonistas como James Caan y Marsha Mason. La aventura que corren ese marinero y esa prostituta, se queda a vivir en el corazón de cualquiera que se atreva a acercarse y, a pesar de que es una película de la que nadie se acuerda, todos aquellos que han tenido el privilegio de verla saben que es algo especial, algo natural, algo sentimental.


La comedia picaresca también es un terreno que Rydell domina con particular sentido en una película tan divertida como Harry y Walter van a Nueva York, con unos James Caan y Elliott Gould espectaculares y secundados por Michael Caine, Diane Keaton y Lesley Ann Warren. Cuidada hasta el máximo en la recreación del Nueva York de principios del siglo XX, la historia de dos estafadores de poca monta que, cansados de robar para seguir tirando, planean un atraco a lo grande acaba por ser una comedia de altura que no fue muy apreciada en su momento y de la que ya nadie se acuerda tampoco.


Sus cuatro siguientes películas, muy distanciadas en el tiempo entre unas y otras, marcan el punto más álgido de la carrera como director de Mark Rydell. La primera de ellas es la excelente La Rosa, biografía disimulada de la cantante de rock Janis Joplin que descubrió para el cine a una actriz que lo hacía todo bien como Bette Midler. Casi siendo un pionero, Rydell descubre el escenario de intereses que se mueve detrás de una estrella de la canción que se ve incapaz de parar su propia caída. Una estupenda película con una actriz de muchos, muchos quilates.


La siguiente fue la maravillosa En el estanque dorado, única vez que coincidieron en el cine Henry Fonda y Katharine Hepburn, extraordinarios como esa pareja de ancianos que vive un verano en una cabaña retirada al borde de un lago y que reciben el encargo de hacerse cargo del hijo de la nueva pareja de su hija. Un encargo difícil, sin duda, que se resuelve con grandes dosis de humor y aún más de humanidad, de verdad en esos personajes que están llegando al final y ya no pueden hacer lo que solían, retrato perfecto de una ancianidad que sólo es soportable si estás rodeado de los que realmente te quieren.


Una más fue Cuando el río crece, drama rural con unos acertados Mel Gibson y Sissy Spacek en los principales papeles, acosados por una crecida de un río y paliados por un instinto de superación que acaba por ser una de las marcas de fábrica del propio Rydell. Una película notable que obtuvo una mejor consideración por parte del público que de la crítica.


Una auténtica maravilla fue Ayer, hoy y por siempre, con dos de sus actores favoritos en los papeles principales, James Caan y Bette Midler, encarnando a dos cómicos que se juntan, crecen, se enamoran, pierden y siempre están a través de los años, desde los cuarenta hasta el final de sus vidas. Si bien el encargado de maquillaje que debía diseñar el envejecimiento de los dos actores a través de los años debería ser despedido y no dejar que se acercase nunca más a un plató cinematográfico, la película es una historia de tono tragicómico que hacen sentir bien, a pesar de su melancolía implícita. Midler consiguió su segunda nominación al Oscar por una película de Rydell tras La Rosa y siempre se queda en algún lugar de nuestro interior el esfuerzo de esos cómicos que no dejan de intentar entretenernos por muchos años que pasen.


Estas cuatro películas en un intervalo de diez años marcan el mejor estilo de Rydell. Considerado un valor lento, pero seguro, se le encarga un producto comercial que se estrella estrepitosamente en taquilla con Richard Gere, Sharon Stone y Lolita Davidovich como Entre dos mujeres y eso marca el ostracismo al que se ve condenado Rydell, que vuelve a la televisión y tan sólo es capaz de sacar un proyecto más como La apuesta perfecta, con Kim Basinger, Forest Whitaker, Ray Liotta, Tim Roth y Danny de Vito en un drama sobre la adicción al juego que no fue a ver nadie.


Probablemente, Rydell esté ahora sentado en una cómoda silla, al borde de un lago, al lado de su admirado Henry Fonda y tratando de discernir si lo que hizo valió la pena o no. Lo que es seguro es que, en la oficina correspondiente, habrá obtenido el permiso para rodar hasta la eternidad. No muchos son capaces de eso. De momento, nos quedamos con un puñado de sus estupendas películas para abrirnos paso.


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