En realidad, las leyes del código mandaloriano, quitando su parte más legendaria, no son más que las propias de la vida. Una frase define esto más que cualquier otra: “Los mayores cuidan de los jóvenes hasta que los jóvenes tienen que cuidar de los mayores”. De este modo, la historia de heroísmo de este cazarrecompensas de la galaxia más lejana nunca habida, no se centra sólo en él sino también en la criatura que lo acompaña y que despierta nuestros más tiernos sentimientos. También hay algún sitio para las risas con esos diminutos expertos en mecánica que hablan como si hubiesen inhalado óxido nitroso y cuyas conversaciones se parecen mucho a las que teníamos los que hemos abandonado la adolescencia hace ya unos cuantos años. En cualquier caso, este es el camino.
Al decir esto, no quiero decir que la película sea una obra maestra. No lo es. Ni siquiera se puede analizar la historia con un mínimo de profundidad porque ella misma es consciente de sus limitaciones. Eso sí, es un entretenimiento resultón, que no llega al notable, pero con el que se pasa un buen rato de aventuras trepidantes prestando muy poca atención a un arco argumental que es más bien corto y simplón. De cualquier modo, la trama da lo que se pide y es el acompañamiento ideal para seguir las aventuras de este personaje fascinante, que esconde su rostro porque la ley mandaloriana se lo impide, y de ese Yoda-bebé que tiene más fuerza en su pulgar que Luke Skywalker en todos los episodios del IV al VI.
Por otro lado, hay que reconocer la creatividad en el diseño de las más diversas criaturas que van apareciendo por todo el metraje. Ya conocemos más que de sobra a los Hutt, pero aparecen muchos otros, incluso algún humano que otro, y nos deleitamos con las tres secuencias en las que miramos embelesados a Sigourney Weaver porque tiene tanta clase y tanto saber estar que nos recuerda a la suboficial Ripley, desde luego, pero también a la enorme actriz que siempre ha sido. Ah, por cierto, no hay que perderse a uno de los mejores personajes, como es ese simio de cuatro brazos que tiene una especie de kebab ambulante y que se convierte en el principal informador del mandaloriano. Detrás de esa expresión y de esa voz se halla Martin Scorsese. Y en su nerviosismo implícito podemos adivinar algunos de los gestos del gran director.
Así que déjense llevar y no olviden llevar a todos sus vástagos que tengan ya una edad suficiente como para disfrutar de los láser, de las selvas tupidas, de los ingenios ya un tanto caducos que hemos visto y de un buen montón de homenajes en los que se puede apreciar alusiones o imágenes muy parecidas a Apocalypse now, de Francis Ford Coppola; o a Dos hombres y un destino, de George Roy Hill; o, incluso, a la famosa pelea entre el bien y el mal de La amenaza fantasma entre Darth Maul y Obi-Wan. Hay cine en todo este invento, hay mucha acción, aunque, en determinado momento, la película se detiene en seco, hay momentos de ternura y bastantes instantes de risa que cada vez se agradecen más. Creo que George Lucas, desde su trono de retiro, estará bastante orgulloso de esta historia derivada de su saga porque cuadra perfectamente con su visión del cine aunque, por supuesto, no deje de haber el consabido toque Disney que está a punto de llevarlo todo por los caminos de la dulzura inoportuna.
Este es el camino. Es el del entretenimiento, el de la diversión sin más. Probablemente, haya una segunda parte porque se deja abierta la posibilidad. Puede que a Pedro Pascal le dejen enseñar su rostro un poco más que en esta ocasión, puede que haya un mensaje, digamos, un poco más ambicioso, puede que vibremos más con situaciones que nos hagan pensar que los héroes estén realmente en peligro. Se pueden mejorar muchas cosas. Muchas. Sin embargo, yo he vuelto a ser niño y no he dejado de disfrutar…aunque sea un poco a medias.

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