Varias son las consideraciones a tener en cuenta antes de analizar con cierto rigor este pretendido biopic de la mayor estrella del pop de todos los tiempos. La primera de ellas es que ésta es sólo una primera parte. La propia película avisa en sus créditos finales de que la historia continuará con lo cual se deja un cierto regusto de que todo se queda a medias y que no es posible hacer un juicio aproximado de los agujeros que se pueden apreciar dado que no se sabe si se van a rellenar en la siguiente entrega. La segunda es que es un proyecto auspiciado, financiado y controlado por la propia familia Jackson, lo cual hace que cualquier espectador se pregunte si la verdad es lo que se está viendo o sólo es una versión edulcorada y apropiadamente parcial aprobada por el clan.
La tercera es que tampoco se puede emitir un juicio objetivo sobre la dirección de Antoine Fuqua, un realizador que ha demostrado su competencia en varias ocasiones, como es el caso de las tres partes de The Equalizer, con ese actor enorme que siempre da lo mejor como Denzel Washington. Fuqua se desenvuelve bien en los terrenos del cine de acción con un fondo interesante (si exceptuamos su penosa visión de Los siete magníficos, más atenta a cumplir con las absurdas cuotas hollywoodenses que en ofrecer un punto de vista nuevo sobre la historia) y aquí acepta este trabajo comisionado por el clan Jackson aunque cabe suponer que lo hace de buen grado dada la trascendencia del retrato de un personaje que ha hecho historia sobre los escenarios y en la música.
Con esos mimbres, vamos con lo que sí se puede concluir. Lo más llamativo es el trabajo de Jafaar Jackson, sobrino de Michael, que consigue imitarle con cierta precisión en esos bailes de pies eléctricos a los que tan acostumbrados nos tenía el cantante. No canta él en ninguno de los temas que ofrece la película y hay que reconocer que Jafaar tiene una mirada más tierna que la de su tío. Aún así, en algunos momentos, parece que sí encarna con acierto en gestos y sombras, en aspiraciones y modos. Por otro lado, Fuqua se esmera mucho en colocar algunos movimientos de cámara muy elegantes para engrandecer momentos del cantante y compositor. Y por otro lado más, tenemos algunos personajes que sí, que aparecen, pero que se quedan algo colgados como lo es una figura fundamental en la carrera artística del gran Michael como lo fue Quincy Jones, enorme músico de jazz, extraordinario compositor y avispado productor que supo darle al gigantesco rey del pop todo lo que necesitaba. También hay un par de apariciones interesantes como son las de Miles Teller y Mike Myers, pero son islas en medio de esa sensación de que esta película, casi exclusivamente, se centra en el proceso de independencia de Michael Jackson de la figura dominante y dominadora de su padre, Joe Jackson, encarnado con cierta fuerza por Colman Domingo.
Así que, por un lado, la película da algo que se espera desde el principio. Un musical con un repertorio de las mejores canciones de los Jackson Five y del propio Michael Jackson, aunque llama la atención la poca relevancia que se presta al mayor éxito de los cinco hermanos como fue Blame it on the boogie y la historia de detiene en el momento en el que el cantante presenta Bad en Londres. Hay un cierto miedo a mostrar al director del mítico vídeo Thriller, John Landis, y el retrato que se hace Michael Jackson es algo timorato, que se centra en esa sensación de su propio convencimiento de ser un elegido, alguien con un talento natural inigualable. Se muestra poco de sus procesos creativos, de una manera muy superficial y, al final, todo queda algo desdibujado, aunque los fanáticos del gran showman se irán contentos, meneando los pies aquejados del mismo alto voltaje que asolaban los de Michael, tarareando sus canciones que van desfilando una tras otra. El espectador, a poco que se pregunte, puede llegar a la conclusión de que, al fin y al cabo, la película no le ha descubierto nada o, en todo caso, muy poco acerca de Michael Jackson. Quizá, cuando llegue esa segunda parte de la que hablábamos, pasaremos del retrato del hombre que poseía unos pies eléctricos al de un hombre que se miraba en el espejo.

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