LIMPIA, BRILLA Y DA ESPLENDOR (La asistenta) - Berenjena Company

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4 ene 2026

LIMPIA, BRILLA Y DA ESPLENDOR (La asistenta)



Los hechos son siempre escurridizos dependiendo de la versión de unos y de otros. Puede que, un día, una chica que no ha tenido demasiada suerte entre a trabajar como interna en una casa que es lo más parecido a un paraíso en la Tierra. La dueña de la casa es encantadora, el sueldo es apetecible y, a pesar de que la tarea es pesada y continua, todavía queda el aliciente de que el señor también sea el poseedor de una sonrisa irresistible, pero lo principal es que ese trabajo va a proporcionar seguridad para el futuro más inmediato para una chica que se mueve en el alambre.


Los infiernos de la bipolaridad comienzan a manifestarse porque se ve que no es oro todo lo que reluce. Esa familia tiene más secretos de lo que parece a primera vista y el entorno, ese conglomerado de señoras maledicentes, envidiosas, irremediablemente insidiosas y bastante despreciables proporcionan alguna que otra información. La señora de la casa tiene un pasado psiquiátrico y su comportamiento oscila entre el encanto y la brujería, algo que se debe manejar con un cuidado exquisito, sobre todo si eres alguien que posee un pasado que es más recomendable que permanezca oculto.


Y el caso es que el nudo de la película, y también de la novela en la que se basa, tiene su gracia. El director Paul Feig se cuida mucho de guardar los distintos puntos de vista para que, cada uno, guarde su correspondiente giro de guion que sorprenda al espectador. Sin embargo, el desenlace no puede ser más chapucero. Cuando imaginas una historia que carga sobre sus espaldas la obligación de la sorpresa, debes culminarlo todo con algo que se haga creíble y que, a la vez, también lleve su correspondiente regalo. Y hay que ser muy crédulo para aceptar cómo se resuelve todo el embrollo.


Además de todo eso, hay que reconocer que las hechuras de la película dirigida por Feig se asemejan mucho a las de un telefilme. Y, para rematar la faena, las esperadas escenas de alto voltaje erótico son más bien las de un anuncio de colonia. Y no deja de ser una lástima porque el meollo del asunto tiene su atractivo, algo retorcido, quizás, pero efectivo y agudo. No basta con asomarse al atractivo sexual de las dos protagonistas, Amanda Seyfried y, sobre todo, Sidney Sweeney, sino que hay que dotar de fondo y forma con una resolución convincente que haga que todo encaje y aquí lo que pasa es que se queda todo más desflecado que el corte de pelo de un veinteañero.


Por otro lado, también habría que destacar el descarado comercialismo de una banda sonora que se sitúa en los márgenes de la película más hinchable y modosa. Todos estos defectos hacen que la película no llegue al aprobado porque entre algo de comida de cierta categoría, lo que se sirve contiene restos de basura. Y, claro, a pesar de que el público premia a la historia con unos tímidos aplausos al final, el conjunto está casi vacío y ciertamente es inocuo. La película se olvida con la misma facilidad con la que se ha visto. Es decir, es como la asistenta del título. Limpia, brilla y da esplendor, pero en cuanto se rasca un poquito, salta el polvo de la plata y la mugre de la vajilla.


Así que hay que tener mucho cuidado no sólo con el servicio, sino también con el patrón que contrata. Hay auténtico psicópatas sueltos y, a veces, la unión hace la fuerza o, más bien, es al contrario. La fuerza hace la unión. El caso es que la película se deja ver y se deja inutilizar cuando podría haber sido una brillante disquisición sobre los puntos de vista sobre la repetición de unos hechos, sobre las oportunidades que nunca vienen gratis y sobre el valor que hay que tener para no dejarse avasallar por unas circunstancias que no se pueden prevenir porque el disfraz es consistente y, sobre todo, enormemente atractivo. Ya sé, ya sé, habrá muchos que no estén de acuerdo con todo esto, pero… ¿saben qué? Estoy narrando la opinión desde mi punto de vista y rara es la película que consigue engañarme, aunque, la verdad, alguna sí hay. Esta no es una de ellas.

                                                                                                

César Bardés

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