Si te apuntas a miembro numerario del correturnos del cargo de sheriff y te destinan a una localidad que ostenta el nombre de Normal, desconfía. Es bastante probable que en ese oasis adormilado por el hielo y la nieve todo va a pasar y nada será normal. Empecemos por el principio. El tipo que llega para mantener el orden en el pueblo es alguien con bastante sangre fría, con un cierto toque de delicadeza en la resolución de conflictos y, por supuesto, con un hecho que marcó su devenir vital porque fue un momento de decisión que le obligó a tomarse la justicia por su mano. No quiero desvelar más, no sea que me manden a la policía del pensamiento.
El caso es que en Normal los días se suceden con una aparente tranquilidad cuando, en realidad, la villa tiene más secretos que la central de inteligencia, aunque nombrar aquí la palabra inteligencia resulte, cuando menos, chocante. Ese secreto acabará por ser patente y eso dará lugar a una serie de alianzas, de violencias desbocadas y de degustaciones masivas de pasteles de carne con salsa sangrienta. Vale. ¿Qué sacamos en limpio de una historia como esta?
Lo primero es que resulta una película implacablemente original, de eso no cabe duda. Con muchísimos defectos, eso sí. En el debe, ese argumento que va sorprendiendo a cada paso después de un planteamiento algo moroso, que parece que va preparando todo lo que va a venir después. Bob Odenkirk, sin duda, da el tipo como ese sheriff competente, pero algo retraído, que sólo quiere olvidar y superar su separación matrimonial. La dirección de Ben Wheatley es algo plana, tampoco es para tirar dinamita. En el haber, tenemos esa violencia tan sumamente exagerada que busca escandalizar y hacer murmurar al público palabras que empiezan por be. Bestial, brutal, bastarda, barullo, venga ya…sí, sí, ya sé que es con uve.
El resultado es una película peligrosamente desequilibrada, que navega entre un argumento que tenía muchísimas posibilidades, con giros bastante creíbles y ajustados y que va derivando en un festival de sangre para que tengamos claro que en Normal nada es normal. El sheriff va a tener que moverse rápido y comenzar a tomar decisiones muy drásticas porque la yakuza, la temible mafia japonesa, también tiene algo que decir. Al final, el fulano va a acabar pidiendo a gritos que acabe su suplencia y que le destinen a algún sitio algo más tranquilo y más caluroso. No sé…algún rincón perdido en Texas, por ejemplo.
La calificación final que merece la historia es de puro entretenimiento. A veces, impacta, a veces se escapa el exabrupto. Es divertida, sí, pero es horrible. A los que esperan una reformulación del éxito que obtuvo el propio Odenkirk con Nadie, que se olviden. Esto es otra cosa. No es que sea más seria, no lo es. Es más todo y Odenkirk, que también colabora en el guion, trata de causar la misma sorpresa, y lo hace, sólo que de un modo radicalmente diferente.
No se fíen de la amabilidad de los lugareños allí donde estén. Al igual que todo hombre está librando su propia batalla interior, todo pueblo tiene secretos escondidos bajo su tranquilidad. A menudo, empujados con escoba. Así que hagan su trabajo, no se metan en líos, no intenten descubrir lo que no deben porque se puede liar una de padre y muy señor nuestro. El extraño, por muy bien recibido que sea, siempre es un extraño. Suele poner muy nervioso a todo el mundo porque no se sabe cómo piensa, no se sabe qué va a hacer, no se sabe hasta dónde quiere llegar y, por encima de cualquier otra consideración, no se tiene ni idea de hasta qué punto puede llegar a ser corruptible. Todos tienen un precio y, tal vez, ése sea algo tan impagable como la tranquilidad. Por eso, las calles se llenan de sonrisas, de saludos breves, de detalles de buena vecindad…y no hay nada más falso que un vecino. No es normal.

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