El punto más fuerte de esta versión homérica de Christopher Nolan del viaje de regreso de Ulises a Ítaca está en el interior del héroe. Es un hombre perdido, que ha quebrantado todo en lo que creía para lograr una victoria que consistió en una traición, en arrasar una ciudad, en acabar con todo lo que se ponía por delante. Y no sólo eso, sino que carga en su conciencia con la imposibilidad de enterrar y rendir honores a todos los que murieron luchando a su lado. Eso hace que su eterno peregrinaje para volver a su hogar sea una quimera, porque no es dueño de su destino, el cual pertenece únicamente a los dioses, sino que, en el fondo de su corazón, tampoco desee el regreso, lo cual le lleva al olvido, a la nada en una playa con alguien que cuida de él, al miedo de recordar que, en algún lugar del Mediterráneo, una amante esposa y un devoto vástago le esperan con impaciencia.
Luego pueden llegar las objeciones sobre la verosimilitud histórica, que se puede justificar con la idea de que el relato, en realidad, es un recuerdo confuso, probablemente en parte inventado por el propio Odiseo, o en el discutible reparto que, en efecto, choca en algunas de sus elecciones, pero eso no oscurece el hecho de que Nolan rueda escenas magníficas, con sentido de grandeza impresionante, con símbolos continuos que no hacen más que romperse a través de la voluntad. Por el contrario, también, de forma un tanto incomprensible, hay otras secuencias rodadas con una torpeza sorprendente, como la lucha final en el palacio de Ítaca, con cámara al hombro y montaje rápido, sin ese sentido de grandeza, con una elección reprochable en el encuadre, algo más propio de un principiante que de un cineasta experimentado como él.
En el apartado interpretativo, alguien destaca por encima de todos y no es otra que Anne Hathaway, que compone una Penélope creíble, tremendamente embravecida por la inexplicable tardanza de su marido, que utiliza la lógica ante todo y la furia de mujer como razón. Charlize Theron también resuelve con calma su parte en el papel de Calypso, refugio tranquilo para ese héroe perdido que interpreta Matt Damon con cierta vacilación y que no es capaz de dotar de mucha profundidad a un personaje que lo requiere. Sorprende Robert Pattinson como un villano que es un auténtico inútil, un cobarde, esquivo e interesado. Se potencia a Telémaco en la piel de Tom Holland para que tenga un mayor protagonista que el que guarda en el relato original de Homero, pero tampoco llega a cotas inolvidables. El resultado es una película desequilibrada, con episodios muy bien resueltos, como el del descenso al Hades, aunque la voz de Agamenón se antoje inadecuada, y otros que destacan por su ausencia de explicación como el de los gigantes con armadura, que tampoco se halla en el relato original.
Y es que la culpa puede ser una energía tan potente como la ira de Poseidón en el desierto de agua y olas. El dolor se puede hacer inaguantable y haber vivido en el lado opuesto de todo lo que se ha creído y por lo que se ha vivido es una prueba de espada y fuego para cualquier ser humano. Odiseo sabe que prescindir de los seres humanos es uno de los actos más viles que se pueden achacar incluso a los héroes y eso, mal que nos pese, sigue siendo algo que hoy en día tiene una absoluta vigencia. La sangre propia no lava los pecados cometidos. La venganza, necesaria en este caso, sólo es el último tramo de un regreso que no se ha deseado por parte de ese héroe extraviado, que manipula a sus hombres y abandona sus cuerpos. El egoísmo puede ser muy poderoso e, incluso, se erige en un arma devastadora contra la desesperación. Tal vez porque el cielo no está poblado de dioses, sino de las miradas de amor de quien realmente ha amado con todas sus fuerzas. O de todos aquellos que vertieron su cariño en la espera sólo para poder asistir al derramamiento de las entrañas de todos aquellos que quisieron escalar al punto más alto del dominio sin merecerlo. El sacrificio, cuanto más grande es, más recompensa conlleva. Y eso es algo que sólo los héroes que han perdido su conciencia saben apreciar.

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