La era de los juguetes es ya cosa del pasado. Han caducado. No sirven para nada por la sencilla razón de que los niños ya no quieren jugar, no desean utilizar su imaginación para inventarse historias y soñar. Ahora sólo quieren que unas máquinas imaginen por ellos, inventen por ellos, limiten su mundo hasta la mínima expresión a pesar de que la apariencia es la contraria. Los juguetes no sirven. Hay que moverlos, hablar, fantasear con lo que dicen y con lo que hacen. Demasiado trabajo para unas mentes que están siendo educadas para no esforzarse. Tal vez, la mejor solución sea la pacífica coexistencia. Utilizar las máquinas moderadamente y para lo bueno. Jugar con esos personajes que han poblado los pensamientos de millones de niños y que ya han desaparecido por el brillo de una pantalla. En el término medio, casi siempre, está la virtud.
Aparte de todo eso, Disney sigue con su proceso de infantilización de sus historias. Ya no existe el elemento adulto reconocible y educativo para el momento en que la luz del proyector se apaga. Ahora la heroína es Jessie. ¿Buzz y Woody? Bah, eso también es cosa del pasado. No está mal que sigan como comparsas, por mucho que se quiera compensar con la aparición de un montón de Lightyears que ya saben volar. De hecho, la presencia de Woody es tan prescindible que se podría haber contado esta historia sin él. ¿Qué más da? Lo importante es que Jessie lleve las riendas, que la pantalla sea también una chica, que las destinatarias de unos juguetes inservibles sean niñas y que el sexo enemigo esté confinado a su labor de padre y a ser un cerdo. Hasta el infinito y más allá.
Mientras tanto, somos más que conscientes de esos años maravillosos en los que nuestros hijos eran pequeños y brillaban en sus miradas todas las novedades que podían acaecer a su alrededor. Y cómo éramos sus héroes, tanto papá como mamá. Eso también es pretérito bastante imperfecto. Lo que hay que hacer es dejar bien claro que la imaginación es mujer, que la función de liderazgo está reservada para ellas y que, incluso, el antipático y voluble juguete tecnológico de primera generación sea un tipo bastante rencoroso.
Con estos mimbres, tendremos a los espectadores del futuro. No hay demasiados chistes y la fórmula parece agotarse peligrosamente. Ya deberían haberlo dejado en la tercera, con ese cierre glorioso que indicaba que un juguete siempre sería un juguete y que la diferencia estaba sólo en el niño o en la niña que los poseía, pero siempre con la imaginación desbordante en primer lugar. De ese modo, podremos apreciar cosas sin demasiada fantasía, flojas en su concepción, débiles en su desarrollo y aburridas en su desenlace. Al fin y al cabo, siempre habrá un niño o niña inadaptado que preferirá la facilidad de hacer amigos virtuales antes que seres de carne, hueso, bromas, humor, con sentido lúdico, con sentido común, con realidad.
Sí, por supuesto, hay aplausos. Sobre todo de la chiquillería. Los padres ya no salen tan entusiasmados como antes. Son esos seres que caminan siempre por el borde del aburrimiento y de la rutina más tediosa. Esos no aplauden. Sólo quieren irse cuantos antes para ir a tomar la hamburguesa en la gran cadena de turno, o el pollo frito con verrugas o el delicioso kebab recalentado. Siempre lo siguiente. Nunca lo último. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que el hecho de no parar es lo que impide ordenar los pensamientos y utilizar la razón ecuánime y serena que es lo que nos convierte en auténticos padres y madres. Lo demás es sólo ruido. Puesto ahí para que no dejemos ningún resquicio a la auténtica verdad que parece que huye a cada nueva página de internet, a cada línea estúpida de la nueva pantalla, a cada cansina idea que corre despavorida cuando nos entretenemos en cualquier red social, o en cualquier consulta para hacer un plan que haga que el niño o la niña deje de berrear, o de entablar una conversación. Mejor el silencio que otorga el brillo siempre engañoso de un móvil o de un ordenador. Juguemos a no jugar. Los cuentos vienen después.

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