El destino de la Humanidad puede recaer en algún que otro héroe que nunca busco serlo. Puede que encontrara un par de llaves para desentrañar el misterio del sol que se apaga, con todo lo que ello significa, pero eso no quiere decir que esté dispuesto a dejarse la vida para salvar a este pequeño planeta azul. Tal vez haya que forzarle de alguna manera para que ponga en práctica alguna solución para un proyecto tan delicado y, a la vez, tan fundamental para el futuro de la raza humana. Eso sí, el tipo tiene sentido del humor y eso ayuda a que la aventura sea algo más que una hazaña épica con un buen puñado de tópicos típicos. Algo de originalidad en el intento despunta en algún lado de esta historia.
Así que todo estriba en que se descubre que hay una especie celular que devora las estrellas, y el sol, qué duda cabe, lo es. Lo malo es que están devorando también otras estrellas y el mal se expande por un universo que también está al borde del cataclismo. No es un problema baladí, desde luego. Es un viaje de ida sin vuelta y se necesita mucha capacidad de sacrificio para llevarlo a buen término. Puede que la batalla de la inteligencia científica sea algo más apasionante cuando aparece un compañero de desventuras que nadie esperaba. Hasta es posible que, usando esa misma inteligencia que es la mejor y la mayor arma que puede tener la Humanidad, se desarrolle un lenguaje, se llegue a una cierta complicidad y ambos se comprometan a guardar el sueño del otro.
A los directores Phil Lord y Christopher Miller se les conoce porque fueron los responsables de aquella tronchante saga de dibujos animados que fue Ice Age, que también despuntaba por una originalidad sorprendente con algunos personajes que eran un verdadero hallazgo. Esta vez nos narran un cuento interestelar efectivo, cuyo único defecto puede ser su excesiva duración que hace pensar que con media hora menos la película podría ser mucho más redonda, especialmente en ese final que parece que se alarga poniendo en evidencia que no tienen muchas ganas de terminar. Y, desde luego, el peso de toda la trama recae en un actor al que muchos tacharon de inexpresivo como Ryan Gosling y que aquí demuestra, una vez más, que tiene la suficiente categoría para ser emocionante, cómico, patético y la encarnación perfecta de ese héroe al que llaman para los más alto deberes en contra de su voluntad. El resultado es una película divertida, simpática, con momentos realmente buenos, con algún que otro atisbo de sentido del humor brillante y con dos o tres pasajes en los que la dirección artística deja algo que desear. Mención especial merece la banda sonora de Daniel Pemberton, dueña de una variedad estupenda, de lo más frívolo o lo más trascendente, usando las más diversas melodías a su alcance y con una predominancia de la percusión utilizada con inteligencia y oportunidad. También merece mencionarse el trabajo de Sandra Hüller, que pasa de aquellos papeles arraigadamente dramáticos que interpretó en La zona de interés y en Anatomía de una caída, a protagonizar instantes verdaderamente interesantes en la piel del lado más feo de una misión que es prácticamente imposible.
Así que no dejen de mirar a su alrededor y de pensar que vivimos en un planeta que es un auténtico Edén, por su situación en nuestro sistema solar, por toda la vida que se ha desarrollado en él y que merece la pena conservarlo porque ha funcionado fielmente como nuestro hogar, por mucho que, en ocasiones, se ha revelado a través de la Naturaleza. El equilibrio universal es tan precario que unas pequeñas células a las que les encanta el calor pueden acabar con la luz, con el alimento, con el calor, con nosotros. Y, desgraciadamente, estamos sitiados por muchísimos individuos que no arriesgarían su vida por salvar a los demás. Tal vez sean esos los auténticos devoradores de soles, tal vez deberíamos ser conscientes de lo importante que son las vidas de los que nos acompañan en este planeta que tanto nos empeñamos en convertir en un lugar invivible. ¿Dentro de nosotros hay un héroe o no? Pregunto.

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