Tres personajes que, por distintas razones, están llegando al final. Uno quiere dejar la vida que lleva siempre y cuando alcance esa cifra dorada que le permita un retiro desahogado. Otra que espera un ascenso definitivo en una carrera que ha esculpido a base de pico y pala y que no ha tenido el reconocimiento necesario. El tercero ha llegado al divorcio, ha perdido algo de olfato en el trabajo, un defecto fundamental y empieza a verlo todo con la distancia del desengaño. Todo gira en torno a un ladrón de guante blanco que planea sus golpes al milímetro, caracterizados por la rapidez, por la ausencia de violencia y por no dejar ni una sola pista a sus perseguidores.
Con estos mimbres, cualquiera podría pensar que estamos ante una película de acción, persecuciones, tiros y un clímax cada dos minutos, pero no es así. Basándose en una novela de Don Winslow, estamos ante una historia negra áspera, narrada desde el lado de la decepción, con unos intérpretes competentes, sin ahorrar en las correspondientes persecuciones o disparos, pero que traza, con suma paciencia, una telaraña de emociones dentro de un mundo que rechaza a los que no son héroes.
Bart Layton dirige con un pulso admirable, sazonando un poco de misterio, otro poco de enredo, un poquito más de reacción e, incluso, algo de emoción. Todo el conjunto está muy bien equilibrado, con unos trabajos muy apreciables por parte del trío protagonista, Chris Hemsworth, Halle Berry y Mark Ruffalo acompañados de un odioso y muy efectivo Barry Keoghan, de una estupenda Monica Barbaro y del venerable Nick Nolte. El resultado es una buena película que no llega a los límites de una obra maestra, pero que acaba por ser efectiva, notable y curiosamente bien cerrada. No es menos cierto que aquellos que esperan la típica ensalada de acción salen decepcionados y rezongando, pero aquí hay mucho más cine que eso.
Y es que todo funciona con más soltura cuando el trabajo es realizado por unos cuantos profesionales que saben lo que hacen, aunque sus recompensas sean exiguas y un tanto tendentes al deseo de cualquiera de querer y ser queridos. En estos tiempos que corren no es poco y parece que es un bien que se escurre entre las manos sin darnos ocasión a sentir nuestros cariños y nuestras inseguridades a buen recaudo. Todo gira en torno al dinero, desde luego, pero una renuncia de vez en cuando sana algunas heridas del alma y otorga la suficiente perspectiva como para que el camino correcto pueda ser el más torcido.
En ese rompecabezas del destino, los movimientos inesperados de terceros ocupan un lugar preminente dentro de las líneas marcadas. Habrá algún desvío que acabará por ser perdonado. Al fin y al cabo, la necesidad manda y el cambio de opinión es algo inherente en cualquier ser humano. Las rutas de escape cada vez son más estrechas y puede que algo de consuelo sea otorgado a través de técnicas de meditación o del yoga, que tenga usted un hermoso día después de sentirse a sí mismo y ser consciente de cuáles son las carencias de la personalidad propia. Eso, al menos, ayuda a seguir con el día a día. O puede que la ilusión que proporciona ser importante para alguien también sea una buena piedra de toque cuando parece que todos los caminos están cortados.
Guarden el botín y salgan rápido. Asegúrense de no dejar ni un minúsculo rastro. Eso les permitirá continuar con una apariencia y una existencia más o menos normal. Todos tenemos secretos. Algunos más grandes, otros más pequeños, pero esos secretos que nunca contamos son el mejor retrato de nuestra personalidad más oscura. En todo eso estamos de acuerdo. Ahora bien, estén a uno u otro lado, no dejen de lado su propia ética privada. Sólo así se podrá ser una persona que valga la pena en medio de un mundo que se esfuerza de veras en aplastarnos y soslayarnos. Tengan un hermoso día.

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