Brumas de infamia (Los casos del Departamento Q: Expediente 64) - Berenjena Company

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16 dic 2018

Brumas de infamia (Los casos del Departamento Q: Expediente 64)


Detrás de una pared, unos cuantos cadáveres para una venganza incompleta. Y a partir de ahí, las brumas de la infamia comienzan a expandirse para descubrir que, demasiado a menudo, se ha asesinado en nombre del bienestar. Las muecas del horror se dibujan en los cuerpos y hay que bucear hasta cincuenta años atrás para encontrar un motivo lo suficientemente fuerte como para que ese espectáculo de muerte tenga algún sentido. Las entrañas y los sentimientos surgen, golpeados por una justicia que nunca llegó y, tal vez, sea mejor sumergirse en esa felicidad que se escapó para aparecer mucho tiempo después.

El Inspector Carl Morck teme convertirse en uno de esos cadáveres congelados por el odio, pero es incapaz de salir de esa armadura que lleva a gala. Queda muy poco para quedarse completamente solo en ese sótano que huele a asesinato y no puede zafarse del sentimiento de fracaso, de automarginación, como si estuviese obligado a expiar todos sus pecados. Ahí fuera hay un buen puñado de crímenes sin resolver y tiene que resolverlos para encontrarse a sí mismo porque ya se encargó de emparedar su dolor a conciencia. Mientras tanto, va encontrando un historial de abusos cometidos en nombre de la moral enfrentándose cara a cara con ese fascista que todos los demócratas parecen llevar dentro. En su sociedad inmaculada hay algo que huele a podrido y ya es hora de derramar un par de lágrimas, pronunciar un deseo y demostrar que guarda algún sentimiento más allá del cañón de su pistola de reglamento.

El Inspector Assad, compañero de Morck, siente que debe avanzar, abandonar esas caras agrias de todas las mañanas y preservar algo de su propia humanidad para el futuro. Sabe que es el contrapeso de Carl y le cuesta dejarlo a los pies de su propia suerte, pero debe hacerlo. Tal vez, en algún momento, llegue a arrepentirse porque, en el fondo, tiene un inmenso cariño por su agrio camarada. O puede que tenga que preocuparse por la gente que más conoce, tener más tiempo para ellos, hacer algo para que su vida en esa perfecta sociedad del norte sea algo mejor. Sin embargo, Assad intuye que en la limpieza esterilizada de unos comportamientos que parecen brillantes e intachables, aún hay peligrosos bacilos dispuestos a contaminar todo cuanto tocan y dejar sin vida a cuerpos preparados para fabricarla. La noche, la nieve, el frío invierno, la terrible crueldad…todo tiene explicación en la larga oscuridad. Y Assad no es un policía que abandone las investigaciones a medio camino. Llegará hasta el final, cueste lo que cueste.

Cuarta entrega de los casos de este peculiar departamento de policía que mantiene la calidad de los tres episodios anteriores con ganas y acierto. Se introduce algún toque de humor, se continúa con la sordidez de unos seres que tienen muy poco de humanos, se prolonga la fascinación por unos personajes que van evolucionando en distintas direcciones y se sigue con el misterio y la tensión de momentos agónicos y últimos, dejando que incluso la previsibilidad sea un elemento atractivo en su resolución. De alguna manera, el espectador también se siente uno de esos policías empeñados en hacer justicia del pasado porque no hay más que rabia cuando no se actúa y esta saga sabe trasladar esa sensación de forma precisa y muy efectiva. Y es que mientras se camina con los pies helados al lado de los inspectores Morck y Assad, las brumas de la infamia crecen en el ataque sorpresa, en la motivación espantosa o en la seguridad de que siempre hay algo que funciona mal en el mejor de los mundos posibles.
                                                                                               
César Bardés

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